María Santísima de la Paz y Esperanza recorrerá las calles de su barrio este domingo.

Que se pare el tiempo

El cofrade llega al templo de su Hermandad, como cada día, y se acerca sin pensarlo a la capilla de sus Titulares. Mira dos veces y no puede creer lo que ven sus ojos: nada. "¿Dónde te has metido, Señor?" piensa el cofrade en voz alta. De repente una hermosa melodía se escucha desde la calle, resonando en la amplitud de la iglesia. Los tambores resuenan con fuerza. Un rumor de gentío empieza a sentirse. Un amargo y hermoso llanto, que no es llanto, sino canto, retumba en el corazón. Se abren las puertas de la Catedral y la silueta de la Cruz de Guía, a contraluz, se atisba, cruzando el marco del portón. Es en ese momento en el que el cofrade despierta, dando fin su hermoso sueño, para darse cuenta de que se ha terminado la espera, de que ha llegado el tiempo que ha estado esperando durante nada más y nada menos que todo un año. Termina un sueño y comienza un sueño, que no es sueño, y que durará 7 días. Brota la primera lágrima de las muchas que recorrerán su rostro durante la semana que empieza.
El tiempo no se detiene, de hecho a veces parece tener prisa, y otras veces parece no querer avanzar. Pero avanza, sin detenerse jamás. Ese preciado tesoro, el que nadie puede comprar, el que nadie puede aumentar ni reducir. Ese elemento que domina al Hombre, ese elemento al que nadie puede vencer. Ese que marca una larga espera, que antecede a los diez días más importantes del año en la vida de un cofrade: la Semana Santa.
Solo un cofrade sabe lo que se siente cuando solo queda una semana para el Viernes de Dolores. Solo un cofrade conoce ese escalofrío que recorre la espina dorsal cuando el Señor, a lomos de la Borriquita, sale de la Catedral en la mañana del Domingo de Ramos, cuando comienza una semana que tendrá prisa en irse, una semana en la que el tiempo no hace más que recordarnos que no se detiene, aunque haya parecido no querer pasar durante la larga espera.
Es tiempo de Jesús Despojado en busca de la Catedral, acompañado de su barrio, mientras su Madre le espera en casa, imponiendo Paz y Esperanza ante la ausencia de su Hijo. Es tiempo de una Madre angustiada en la noche de Lunes Santo, mientras San Pedro niega al Señor en la calle Tercia, tras haber callado por tantos años. Tiempo de Esperanza, Trabajo y Misericordia a sones de cornetas y tambores, de Jesús azotado mientras María nos consuela con sus Lágrimas. Es tiempo de Nazareno cautivo, de San Juan consolando a la Trinidad pasando por la Plaza de Cervantes, tiempo de encuentro en la Universidad entre un Cristo moreno con la Esperanza, esa que tanta falta nos hace. Tiempo de una Soledad que no está sola, y de un Cristo que es descendido en la calle Libreros, tras haber agonizado en la Cruz durante la madrugá, para que se haga el silencio en la noche del Viernes Santo al paso del un Cristo Yacente.
Y todo tornará en luz cuando un amanecer de Domingo nos anuncie que Jesús ha resucitado, y su Madre llene de Salud y Perpetuo Socorro a Alcalá entera, al tiempo que los cofrades tornan en un agridulce llanto. Nuestro corazón se llena de alegría al ver al Salvador resucitado, y de amargura cuando la Señora entra en la Catedral y suena el Himno de España, poniendo fin así a nuestra Semana Grande. Es en ese momento cuando echamos la vista atrás, y volvemos a recordar que el tiempo no se detiene, mientras se cierran las puertas de la Magistral, esas que se abrían en el sueño del cofrade.
Y es que es estar con Él, en esa intimidad de la trabajadera; tocar la trompeta, la corneta, el tambor, siguiendo sus pasos, rezándole a nuestra manera; iluminar su camino con un cirio, llorarle con una mantilla negra, acompañarle desde fuera, cantarle una saeta, y según pasan las horas, preguntarle: "Señor, ¿por qué no se para el tiempo?".
Es tiempo de bambalinas y varales, de manto bordado, de levantás al cielo y de ciriales. Es tiempo de llorar junto a María y acompañar al Señor en su Pasión, Muerte y Resurrección. Es tiempo... De que se pare el tiempo.





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